¿Por qué los mexicanos dormimos tan mal? El impacto de la cafeína, el estrés y el ruido de los tamales oaxaqueños

En México, el descanso parece ser un lujo que el ritmo del país no siempre nos permite costear. Aunque somos famosos por la «siesta», la realidad estadística muestra una cara muy distinta: los mexicanos dormimos poco y, sobre todo, dormimos mal. Este insomnio colectivo no es casualidad; es el resultado de un choque frontal entre nuestra biología, nuestras ambiciones laborales y un entorno urbano que nunca se queda callado.

La cultura de la cafeína y la «vitamina T»

El primer saboteador del sueño entra por la boca. México es un país que corre a base de café y azúcar. La cafeína tiene una vida media de unas seis horas, lo que significa que ese café «para aguantar la tarde» a las 6:00 PM sigue presente en tu cerebro a medianoche, bloqueando la adenosina, la sustancia que nos indica que es hora de dormir. A esto le sumamos las cenas pesadas: un taco de pastor o una torta antes de acostarse obliga al cuerpo a trabajar en la digestión en lugar de entrar en modo de reparación. El aumento de la temperatura corporal por procesar grasas y carbohidratos es el enemigo natural de la melatonina, la hormona del sueño.

El estrés del «estilo de vida Godínez»

El factor psicológico es quizá el más pesado. La Ciudad de México y otras grandes metrópolis mexicanas tienen algunos de los tiempos de traslado más largos del mundo. El estrés crónico de pasar dos o tres horas diarias en el tráfico o el transporte público eleva los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Cuando llegamos a casa, el cerebro no puede simplemente «apagarse». Muchos mexicanos recurren al «procrastinar por venganza», que consiste en robarle horas al sueño para ver series o usar el celular, sintiendo que es el único momento de libertad real en todo el día, aunque esto termine destruyendo el ciclo circadiano.

El paisaje sonoro: De los tamales al fierro viejo

Incluso si lograste evitar el café y controlar el estrés, México tiene un desafío ambiental único: la contaminación auditiva nocturna. Nuestras ciudades tienen un paisaje sonoro persistente. El grito melancólico de los «tamales oaxaqueños», el rugido de las motocicletas de reparto, el sonido del «fierro viejo» o el vecino que decidió que el martes es buen día para el mariachi, interrumpen las fases de sueño profundo. Aunque creas que ya «te acostumbraste» y no te despiertas, tu cerebro sigue procesando esos ruidos, lo que fragmenta el sueño y evita que llegues a la fase REM, dejando esa sensación de cansancio extremo al despertar.

La falta de higiene del sueño en el hogar

Finalmente, la estructura de las viviendas en México suele ser poco amigable con el descanso. Muchas casas carecen de aislamiento térmico o acústico adecuado, y la luz de las lámparas de mercurio de la calle se filtra por ventanas sin cortinas «blackout». Dormir con la televisión encendida como ruido de fondo es un hábito común que confunde al cerebro, ya que la luz azul suprime la producción de melatonina. Al sumar todos estos factores, el resultado es una población que vive en un estado de «jet lag» permanente, intentando compensar con más café un descanso que el entorno parece empeñado en robarnos.

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